Ambas copas chocaron y el cristal de una de ellas estalló desparramando el champagne, que hizo espuma sobre la mesa entre cientos de esquirlas.
Sus ojos recorrieron en cámara lenta las burbujas que poco a poco fueron despareciendo y allí se esfumó su mirada…
El humo del cigarrillo quedó en suspenso, la música se mantuvo en la misma nota; la mesera dejó su brazo extendido con el tiket en la mano a un cliente de la mesa vecina, en cuyo rostro se había congelado una sonrisa; una pareja, a la izquierda, mantuvo el uno la mirada sobre la del otro y no volvió a separarla.
Cuántas veces estuvo en el lugar que no quería estar, cuántas veces dijo cosas que no quería decir. De 24 horas que componen un día, cuánto tiempo dedicó a escuchar cosas que no quería oír, ver personas que no quería encontrar, sonreír cuando tenía ganas de llorar, asentir cuando sólo deseaba negar, caminar por las calles que ya no quería transitar, recordar memorias que ansiaba sepultar, callar en vez de gritar, hacer el corazón a un lado para pensar o pensar para no sentir, y entonces otra vez la sensación de estar y permanecer…
Pero los años habían pasado, y si su vida fue una urgencia a cada instante, ahora el letargo definía a su persona. Su cuerpo estaba agotado, su alma gastada, las manos ya no tenían fuerza, sus piernas estaban cansadas, sus ojos opacos…
Una concatenación de hechos acelerados moldeó su existencia. Primero porque no lo tuvo nada, después porque había que cuidar lo obtenido, mitigar la soledad con un amor que sabía a verdadero y más tarde la felicidad de conformar una familia… Pero, qué fugaces eran esas alegrías, que más tarde sepultaron el maltrato. Y permanecer y perdurar, por temor a perderlo todo…
Y ahora, un brindis por 50 años de una vida confiscada, un brindis por todo lo obtenido de lo que ya no queda nada, por un amor que nunca fue tal, por unos hijos que ya no están. ¿Qué hay que festejar? Quién podría saberlo. Pero, para qué preguntar tanto y desesperarse por encontrar respuestas. Después de todo, él todavía estaba aquí…
El champagne comenzó a gotear desde la mesa al piso, la mesera le entregó el ticket al cliente que ya no sonrió, la pareja de la izquierda cerró sus ojos para unirse en un demorado beso, la música continuó su ritmo… el cigarrillo se apagó.