viernes, 26 de octubre de 2007

Un ángel y un poema

Venía hoy caminando, lamentando penas de amor y divagando en la utopía de que, tal vez, a la vuelta de la esquina podía estar esperándome el amor verdadero. Locuras que teje el pensamiento cuando se piensa demasiado.
Era una plena tarde de primavera, perfume a sol, calorcito y mucho verde por todas partes. Iba a tomar el colectivo: todos los días abordo en una misma esquina de un barrio de la ciudad de La Plata, el mismo colectivo para llegar a la redacción.
A lo lejos, advertí que en la parada se encontraba un chico sentado al borde de una vidriera, ya que en aquel lugar el servicio de transporte no posee garita. Me sorprendió que frente a él yaciera detenida una bicicleta. Pensé que era extraño que estuviese en la parada si no aguardaba ningún colectivo, pero supuse que esperaría a alguien. Caminé unos 60 metros hasta llegar allí, de tanto en tanto, mirando hacia atrás para no perder el transporte.
Cuando estuve cerca, advertí que el joven tendría unos 25 años, cabello corto rojizo y ojos miel. Y cuando me detuve frente a él, puesto que allí yo debía esperar el micro, me miró, me dijo ‘hola’ y me preguntó si me podía regalar un poema.
‘¿Cómo?’, le dije, entre confundida y sorprendida.
‘Si te puedo regalar un poema’, respondió nuevamente.
‘Sí, claro’, le dije, y advertí que tenía entre sus manos un libro.
Pensé que elegiría de allí un texto para leerme, pero no. Abrió el libro y extrajo una hojita blanca, de unos diez centímetros, cuyos bordes parecían recortados prolijamente a regla y de un tirón. Estaba escrito a mano, con birome y en letra imprenta. Contenía ese poema unas cinco estrofas.
‘Es un poema con continuidad, si querés continuar leyendo debemos establecer un contacto’, dijo mientras me entregaba el papel.
Tomé el poema y me dispuse a leer, pero mi grado de confusión sólo lograba desconcentrarme. Hasta que empecé a leerlo detenidamente. El me miraba, sentado desde el borde de la vidriera, y yo, parada a su lado miraba el poema. Esas letras hablaban de un amor callejero, de un amor contenido por la ilusión de enamorarse de alguien que no se conoce, pero se ve seguido. Hablaba de un deseo guardado que salía a la luz, de una pasión de amar.
Terminé de leerlo, lo miré a los ojos y con una sonrisa se lo devolví.
‘Es precioso’, le dije, ‘muchas gracias’, concluí.
‘¿Querés la continuidad?, me preguntó.
‘No, gracias’, me apuré a decirle, sin saber el por qué de mi respuesta, sin entender el por qué de su pregunta. Y tomó la hojita y la guardó nuevamente en su libro.
El se quedó mirando la lejanía, hacia donde yo miraba esperando el micro. Y así nos quedamos un instante que duró segundos.
Se incorporó, tomó su bicicleta, pasó a mi lado y giró su rostro para mirarme: ‘Hay cosas peores… como el halago. El halago es peor’, dijo con una triste sonrisa y en su playera se perdió entre los árboles de una plaza cercana.
Y así me quedé yo… mirando cómo se iba, con un montón de preguntas sin haber pronunciado y medio poema de regalo.

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