Ambas copas chocaron y el cristal de una de ellas estalló desparramando el champagne, que hizo espuma sobre la mesa entre cientos de esquirlas.
Sus ojos recorrieron en cámara lenta las burbujas que poco a poco fueron despareciendo y allí se esfumó su mirada…
El humo del cigarrillo quedó en suspenso, la música se mantuvo en la misma nota; la mesera dejó su brazo extendido con el tiket en la mano a un cliente de la mesa vecina, en cuyo rostro se había congelado una sonrisa; una pareja, a la izquierda, mantuvo el uno la mirada sobre la del otro y no volvió a separarla.
Cuántas veces estuvo en el lugar que no quería estar, cuántas veces dijo cosas que no quería decir. De 24 horas que componen un día, cuánto tiempo dedicó a escuchar cosas que no quería oír, ver personas que no quería encontrar, sonreír cuando tenía ganas de llorar, asentir cuando sólo deseaba negar, caminar por las calles que ya no quería transitar, recordar memorias que ansiaba sepultar, callar en vez de gritar, hacer el corazón a un lado para pensar o pensar para no sentir, y entonces otra vez la sensación de estar y permanecer…
Pero los años habían pasado, y si su vida fue una urgencia a cada instante, ahora el letargo definía a su persona. Su cuerpo estaba agotado, su alma gastada, las manos ya no tenían fuerza, sus piernas estaban cansadas, sus ojos opacos…
Una concatenación de hechos acelerados moldeó su existencia. Primero porque no lo tuvo nada, después porque había que cuidar lo obtenido, mitigar la soledad con un amor que sabía a verdadero y más tarde la felicidad de conformar una familia… Pero, qué fugaces eran esas alegrías, que más tarde sepultaron el maltrato. Y permanecer y perdurar, por temor a perderlo todo…
Y ahora, un brindis por 50 años de una vida confiscada, un brindis por todo lo obtenido de lo que ya no queda nada, por un amor que nunca fue tal, por unos hijos que ya no están. ¿Qué hay que festejar? Quién podría saberlo. Pero, para qué preguntar tanto y desesperarse por encontrar respuestas. Después de todo, él todavía estaba aquí…
El champagne comenzó a gotear desde la mesa al piso, la mesera le entregó el ticket al cliente que ya no sonrió, la pareja de la izquierda cerró sus ojos para unirse en un demorado beso, la música continuó su ritmo… el cigarrillo se apagó.
Los viajes de Lady Libeth
martes, 17 de junio de 2008
viernes, 7 de marzo de 2008
Baile e invitación al infierno
“Se movía como una serpiente con ataque de epilepsia, mágica, feroz”
Por Perceval

La noche estaba cayendo, los comensales empezaban a relajarse luego de la ruidosa pizzeada universitaria…
Yo miraba de reojo a esa persona, bella y conservadora, que ocupaba un pedazo de mi espíritu. Lo hacía con atención y sin generar curiosidad en los demás. Sólo era para proteger de testigos peligrosos esa nueva relación.
Bastó que a algún enviado, vaya a saber de quién, se le ocurriera animar la fiesta y que el termómetro subiera un poco más.
Bailes. Muestras de tatuajes, cicatrices corporales y abandono progresivo de la vestimenta. En medio de todo, yo miraba hacia otro lado, hasta que con la música y su desenfado mi atención giró como periscopio para verla bailar.
Largué la bandeja y comencé a mirar, desde sus pies bien afirmados como soporte de esas piernas, perfectas, sólidas de hembra con temperatura, que llevaban hasta sus nalgas perdidas en la mini y marcaban el contorneo sobre la botella a la cual se acercaba hasta generar que alguna neurona de los presentes estallara por no encontrar alojamiento en el cuerpo.
Así se movía, como una serpiente con ataque de epilepsia, mágica, feroz.
En su rostro, y perdido en su fuego interior brillaba la satisfacción…
Pasó el tiempo y pude volver a comunicarle mi intención de disfrazarme de botella, y esperarla, verla, sentirla, gozarla bajando sobre mí…
Todo puede ser, dijo, será cuestión de probar.
Un pasaje al infierno por favor…!
Yo miraba de reojo a esa persona, bella y conservadora, que ocupaba un pedazo de mi espíritu. Lo hacía con atención y sin generar curiosidad en los demás. Sólo era para proteger de testigos peligrosos esa nueva relación.
Bastó que a algún enviado, vaya a saber de quién, se le ocurriera animar la fiesta y que el termómetro subiera un poco más.
Bailes. Muestras de tatuajes, cicatrices corporales y abandono progresivo de la vestimenta. En medio de todo, yo miraba hacia otro lado, hasta que con la música y su desenfado mi atención giró como periscopio para verla bailar.
Largué la bandeja y comencé a mirar, desde sus pies bien afirmados como soporte de esas piernas, perfectas, sólidas de hembra con temperatura, que llevaban hasta sus nalgas perdidas en la mini y marcaban el contorneo sobre la botella a la cual se acercaba hasta generar que alguna neurona de los presentes estallara por no encontrar alojamiento en el cuerpo.
Así se movía, como una serpiente con ataque de epilepsia, mágica, feroz.
En su rostro, y perdido en su fuego interior brillaba la satisfacción…
Pasó el tiempo y pude volver a comunicarle mi intención de disfrazarme de botella, y esperarla, verla, sentirla, gozarla bajando sobre mí…
Todo puede ser, dijo, será cuestión de probar.
Un pasaje al infierno por favor…!
sábado, 1 de marzo de 2008
El día que desperté verano
En mi última producción, un error grosero producto de la falta de horas de sueño, se coló entre las líneas de uno de los mejores de mis silencios hablados; y allá estaba esa grieta que convierte a la vida en ficción, para arruinarlo todo, ¡es lo mismo, qué da!, cuánto cambiará que traslade un término de lugar, que busque un sinónimo, un antónimo, que sea verbo, adjetivo o sustantivo, si el fragmento fue callado grito interno, que al fin y al cabo exhaló un hilo de mi existencia. En realidad lo arruina o lo realza??? Tal vez el quiebre de las convenciones, de las verdades absolutas, de los determinismos, logre abrir una puerta que siempre estuvo abierta, pero cerrada para aquellos que hacen caso de las mal llamadas “verdades”. La cornisa, por sobre la que camina el que todo lo quiere ver, puede llegar a convertirse en el mayor de los placeres, sólo si el que la transita está preparado para dejarse caer.
Y cuándo estamos preparados, bien me gustaría saberlo, pero apto para el cruce es aquel que quiebra la conciencia, que se zambulle en su mar de silencios y en el de los otros... aquel que pone en tensión realidad y ficción.
Y cuándo estamos preparados, bien me gustaría saberlo, pero apto para el cruce es aquel que quiebra la conciencia, que se zambulle en su mar de silencios y en el de los otros... aquel que pone en tensión realidad y ficción.
viernes, 15 de febrero de 2008
Meditación
Los pensamientos nacen espectrales, etéreos
como la nada, pero llenos de significado, sin
embargo, su estado primigenio toma forma
física en el cuerpo y el alma del que se somete
a ellos...
La birome no para de hacer trazos inconexos sobre la hoja que fue alguna vez modelo de pulcritud. Hacia arriba y hacia abajo, en círculo, de un lado a otro, sube y baja, gira al compás de las pulsaciones y sus ojos siguen sin perder de vista el trazo que se vuelve infinito.
“... esa persona caminando bajo la lluvia debía ser un ser de entre todos los seres que habitan la Tierra y, que sin saberlo, por la sola negación de su inconsciente, comparte un mismo instante con otros millones, que como él, se dejan acariciar por la expresión de la naturaleza... proveedora de otras gotas de lluvia que no son las de la lluvia sino las de rocío... producto de las plegarias de la vegetación, que por las noches, implora al cielo enamorado, el elixir de la vida... un largo camino como el trazo de tinta, pulso imperfecto, altibajos, estadios tan desiguales como la ciclotimia del que se pierde en el ansia de vivir, como si hoy fuese el último día, buscando hacer eterno un tiempo que se escapa en la marcha acelerada de las agujas del reloj... ese tiempo mental que se detiene cuando un rayo de sol cae oblicuo y embelesa el alma del que lo percibe... cuando se abre un tiempo paralelo en donde transcurren las existencias de los seres abúlicos, aquellos que no saben de qué color tiñe el ocaso al cielo. Un color que no halla nombre y que encuentra definición en los ojos que se funden en su esplendor... que la paleta empapada del mayor de los pintores traza todas las tardes cuando el sol cae sobre el horizonte...”
Las líneas comienzan a fundirse y los rayones sobre la hoja la dibujan de garabato desbordado de trazos, que se traban en miles de cruces superpuestas unas con otras. Los caminos, a los que la tinta dio forma, comienzan a anudarse y parece ser tarea de un paciente matemático poder volverlos sobre su trazo. “... los caminos de una vida que se encuentra atada a sí misma, con el dolor presionando el alma...” La ansiedad espesa la tinta sobre el papel, una ansiedad que busca despiadadamente encontrar respuesta para liberar el espíritu.
“... presa del miedo que es su cárcel, sólo puede encontrar la paz en el amor... que libera, la única promesa que nunca olvidaría: amar. ¿Cómo se tolera una vida sin amor, cuando se tuvo el privilegio de tenerlo y ya no está? Sólo se puede extrañar lo que se tuvo. ¿Cómo se soporta ese adiós que desgarra la carne, que es difícil pronunciar y que genera el desarraigo? Un lugar donde el rocío implore al cielo enamorado... el rayo de sol embelese el alma... el ocaso funda su esplendor en la mirada, allí habría de terminar un amor, en el espacio en donde me encontrase el último día de mi vida...”
La birome se quedó sin tinta.
viernes, 25 de enero de 2008
El mar
El cielo se confunde en el horizonte con el manto acuoso del mismo color. Uno no sabe cuál es uno u otro salvo por los destellos del sol, que forman millones de espejitos centelleantes que bailan al ritmo del viento sobre la superficie salada.
Parece calmo e indefenso, parece estar enamorado de la tierra a la que acaricia una y otra vez: la toca y se retrae, la toca y se retrae. Y hasta la seduce ofreciéndole algunas de sus más exóticas pertenencias: una estrella de mar, algas, caracoles de los más diversos colores y tamaños, y como en un rito perverso, a veces, también le entrega la vida de alguno de sus seres que le pertenecen. Otras veces, celoso, la golpea despiadado y como en una tormenta de reclamos la abraza absorbiéndola de a poco. Sin embargo, él es su dueño y hace sentir su poder cuando, embravecido, toma sin aviso restos de esa tierra, que cede sin oposiciones.
Parece calmo e indefenso, parece estar enamorado de la tierra a la que acaricia una y otra vez: la toca y se retrae, la toca y se retrae. Y hasta la seduce ofreciéndole algunas de sus más exóticas pertenencias: una estrella de mar, algas, caracoles de los más diversos colores y tamaños, y como en un rito perverso, a veces, también le entrega la vida de alguno de sus seres que le pertenecen. Otras veces, celoso, la golpea despiadado y como en una tormenta de reclamos la abraza absorbiéndola de a poco. Sin embargo, él es su dueño y hace sentir su poder cuando, embravecido, toma sin aviso restos de esa tierra, que cede sin oposiciones.
miércoles, 9 de enero de 2008
La noche
La noche pulcra funde a los seres en el anonimato y los hace cómplices de su impunidad. Enigmática y vestida de sarcasmo tienta al descubrimiento.
Al amparo de la noche se vive y se muere en forma intermitente. La noche puede ser el estimulante que te invite a vivir en un ensueño el bosquejo de sentimientos prestados.
La noche puede ser un ángel herido que te rescata de rincones olvidados y ser, al mismo tiempo, un demonio despiadado que pose su pie doliente sobre tu cuerpo sin alma.
La noche inspiradora y desolada concentra a los espíritus perdidos, ésos que rondan las calles, los que pernotan en los bares, los que duermen placenteros y viven un sueño deseado infinito, los que buscan escapar de la vida, ésa que se resume en un juego de palabras.
Noche celosa y enamorada, la que se consume en la pitada de un cigarro, la que se ahoga en el insomnio de una copa solitaria, la que sabe a impunidad, la que eriza las pieles de placeres, la que late temerosa, la que se viste de fantasmas…
Al amparo de la noche se vive y se muere en forma intermitente. La noche puede ser el estimulante que te invite a vivir en un ensueño el bosquejo de sentimientos prestados.
La noche puede ser un ángel herido que te rescata de rincones olvidados y ser, al mismo tiempo, un demonio despiadado que pose su pie doliente sobre tu cuerpo sin alma.
La noche inspiradora y desolada concentra a los espíritus perdidos, ésos que rondan las calles, los que pernotan en los bares, los que duermen placenteros y viven un sueño deseado infinito, los que buscan escapar de la vida, ésa que se resume en un juego de palabras.
Noche celosa y enamorada, la que se consume en la pitada de un cigarro, la que se ahoga en el insomnio de una copa solitaria, la que sabe a impunidad, la que eriza las pieles de placeres, la que late temerosa, la que se viste de fantasmas…
viernes, 26 de octubre de 2007
Un ángel y un poema
Venía hoy caminando, lamentando penas de amor y divagando en la utopía de que, tal vez, a la vuelta de la esquina podía estar esperándome el amor verdadero. Locuras que teje el pensamiento cuando se piensa demasiado.
Era una plena tarde de primavera, perfume a sol, calorcito y mucho verde por todas partes. Iba a tomar el colectivo: todos los días abordo en una misma esquina de un barrio de la ciudad de La Plata, el mismo colectivo para llegar a la redacción.
A lo lejos, advertí que en la parada se encontraba un chico sentado al borde de una vidriera, ya que en aquel lugar el servicio de transporte no posee garita. Me sorprendió que frente a él yaciera detenida una bicicleta. Pensé que era extraño que estuviese en la parada si no aguardaba ningún colectivo, pero supuse que esperaría a alguien. Caminé unos 60 metros hasta llegar allí, de tanto en tanto, mirando hacia atrás para no perder el transporte.
Cuando estuve cerca, advertí que el joven tendría unos 25 años, cabello corto rojizo y ojos miel. Y cuando me detuve frente a él, puesto que allí yo debía esperar el micro, me miró, me dijo ‘hola’ y me preguntó si me podía regalar un poema.
‘¿Cómo?’, le dije, entre confundida y sorprendida.
‘Si te puedo regalar un poema’, respondió nuevamente.
‘Sí, claro’, le dije, y advertí que tenía entre sus manos un libro.
Pensé que elegiría de allí un texto para leerme, pero no. Abrió el libro y extrajo una hojita blanca, de unos diez centímetros, cuyos bordes parecían recortados prolijamente a regla y de un tirón. Estaba escrito a mano, con birome y en letra imprenta. Contenía ese poema unas cinco estrofas.
‘Es un poema con continuidad, si querés continuar leyendo debemos establecer un contacto’, dijo mientras me entregaba el papel.
Tomé el poema y me dispuse a leer, pero mi grado de confusión sólo lograba desconcentrarme. Hasta que empecé a leerlo detenidamente. El me miraba, sentado desde el borde de la vidriera, y yo, parada a su lado miraba el poema. Esas letras hablaban de un amor callejero, de un amor contenido por la ilusión de enamorarse de alguien que no se conoce, pero se ve seguido. Hablaba de un deseo guardado que salía a la luz, de una pasión de amar.
Terminé de leerlo, lo miré a los ojos y con una sonrisa se lo devolví.
‘Es precioso’, le dije, ‘muchas gracias’, concluí.
‘¿Querés la continuidad?, me preguntó.
‘No, gracias’, me apuré a decirle, sin saber el por qué de mi respuesta, sin entender el por qué de su pregunta. Y tomó la hojita y la guardó nuevamente en su libro.
El se quedó mirando la lejanía, hacia donde yo miraba esperando el micro. Y así nos quedamos un instante que duró segundos.
Se incorporó, tomó su bicicleta, pasó a mi lado y giró su rostro para mirarme: ‘Hay cosas peores… como el halago. El halago es peor’, dijo con una triste sonrisa y en su playera se perdió entre los árboles de una plaza cercana.
Y así me quedé yo… mirando cómo se iba, con un montón de preguntas sin haber pronunciado y medio poema de regalo.
Era una plena tarde de primavera, perfume a sol, calorcito y mucho verde por todas partes. Iba a tomar el colectivo: todos los días abordo en una misma esquina de un barrio de la ciudad de La Plata, el mismo colectivo para llegar a la redacción.
A lo lejos, advertí que en la parada se encontraba un chico sentado al borde de una vidriera, ya que en aquel lugar el servicio de transporte no posee garita. Me sorprendió que frente a él yaciera detenida una bicicleta. Pensé que era extraño que estuviese en la parada si no aguardaba ningún colectivo, pero supuse que esperaría a alguien. Caminé unos 60 metros hasta llegar allí, de tanto en tanto, mirando hacia atrás para no perder el transporte.
Cuando estuve cerca, advertí que el joven tendría unos 25 años, cabello corto rojizo y ojos miel. Y cuando me detuve frente a él, puesto que allí yo debía esperar el micro, me miró, me dijo ‘hola’ y me preguntó si me podía regalar un poema.
‘¿Cómo?’, le dije, entre confundida y sorprendida.
‘Si te puedo regalar un poema’, respondió nuevamente.
‘Sí, claro’, le dije, y advertí que tenía entre sus manos un libro.
Pensé que elegiría de allí un texto para leerme, pero no. Abrió el libro y extrajo una hojita blanca, de unos diez centímetros, cuyos bordes parecían recortados prolijamente a regla y de un tirón. Estaba escrito a mano, con birome y en letra imprenta. Contenía ese poema unas cinco estrofas.
‘Es un poema con continuidad, si querés continuar leyendo debemos establecer un contacto’, dijo mientras me entregaba el papel.
Tomé el poema y me dispuse a leer, pero mi grado de confusión sólo lograba desconcentrarme. Hasta que empecé a leerlo detenidamente. El me miraba, sentado desde el borde de la vidriera, y yo, parada a su lado miraba el poema. Esas letras hablaban de un amor callejero, de un amor contenido por la ilusión de enamorarse de alguien que no se conoce, pero se ve seguido. Hablaba de un deseo guardado que salía a la luz, de una pasión de amar.
Terminé de leerlo, lo miré a los ojos y con una sonrisa se lo devolví.
‘Es precioso’, le dije, ‘muchas gracias’, concluí.
‘¿Querés la continuidad?, me preguntó.
‘No, gracias’, me apuré a decirle, sin saber el por qué de mi respuesta, sin entender el por qué de su pregunta. Y tomó la hojita y la guardó nuevamente en su libro.
El se quedó mirando la lejanía, hacia donde yo miraba esperando el micro. Y así nos quedamos un instante que duró segundos.
Se incorporó, tomó su bicicleta, pasó a mi lado y giró su rostro para mirarme: ‘Hay cosas peores… como el halago. El halago es peor’, dijo con una triste sonrisa y en su playera se perdió entre los árboles de una plaza cercana.
Y así me quedé yo… mirando cómo se iba, con un montón de preguntas sin haber pronunciado y medio poema de regalo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)